Reflexiones

Arte y poder

Sólo hace falta ver lo que cualquier marca comercial gasta en publicidad para darse cuenta del enorme poder que tiene la imagen. Y sólo hace falta ver la cantidad de artistas que trabajan en publicidad para ver que son ellas y ellos, los artistas, quienes tienen la habilidad de  crear esas imágenes tan poderosas.

En los últimos meses Valladolid se ha quedado triste y callada. Los abundantes conciertos  que se programaban en los bares han quedado prohibidos por una absurda legislación de la Junta de Castilla y León que el Ayuntamiento de esta ciudad aplica a rajatabla ¿A quién molesta que haya música en directo en los bares mientras no se superen los umbrales de ruido? ¿Por qué tanto énfasis en controlar el ruido de los conciertos cuando la principal fuente de contaminación acústica es el tráfico rodado? ¿Por qué, en lugar de fomentar la cultura de base, se le ponen trabas y regulaciones absurdas? ¿Por qué no se dan tampoco facilidades a los jóvenes para abrir centros culturales autogestionados donde cultivar un ocio creativo -usando  locales municipales vacíos- en lugar de criminalizarlos por intentarlo?

Puede ser, simplemente, que este tipo de cosas no den dinero y no interesen, pero me da la impresión de que hay alguna otra razón escondida. Y es que la música y el arte son imagen, son poder. El arte nos persuade, nos lleva, nos orienta. Si un músico atrae, emociona y agrada… ¿cómo desaprovechar esa magnífica oportunidad y no lanzar al lado un mensaje publicitario como “patrocinado por el ayuntamiento, empresa, junta, o gobierno tal o cual”? Como en tiempos de los Medici, de Luís XIV y de las grandes catedrales, el poder busca a los artistas para adornarse. De esa forma consigue  convencernos de que le necesitamos, porque sólo él –nos dice- sabe proporcionarnos el sagrado néctar del arte que alimenta nuestra alma.

El arte que interesa es el que se ofrece desde arriba, el que surge del pueblo no sólo no interesa: estorba. Porque el día que haya música en cualquier calle quizá descubramos que el arte no es tan difícil de alcanzar. Quizá veamos que el camarero del bar de al lado, que siempre tocó la guitarra, y la vecina entrada en años, aficionada al teatro desde joven, son también capaces de destilar el sublime néctar. Eso es peligroso, porque puede incluso llevarnos a descubrir que podemos sentirnos felices y conectados con la vida expresando el arte que todos llevamos dentro, sin necesidad de casi nada más, y… en ese momento dejaremos de ver la tele, de interesarnos por los famosos y de necesitar que nos vendan cosas. Desde luego, no es de extrañar que prohíban la música en los bares.

También publicada en Último Cero

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